lunes, 25 de julio de 2011

Revisiones innecesarias

Se me escapa el sentido de tanto remake como se hace ahora, aparte de la galopante falta de ideas que atenaza a la industria cinematográfica. Muchas voces señalan que de lo que se trata es de atraer a las salas a toda la muchachada que, por razones de edad, no conoce los films originales que luego se refritan. Bien, ¿y si reestrenan esas películas relativamente antiguas? Suerte que a nadie le da por reescribir el 'Quijote' o 'Macbeth' para salvar el sector del libro.



'Furia de titanes': El original, de 1981, tenía el encanto de la historia mitológica de Perseo, hijo de Zeus, y los efectos especiales casi artesanales del gran Ray Harryhausen. Años después, esos efectos se ven de un cutre salchichero que espanta, pero eso no es disculpa para hacer una nueva versión tan plana y aburrida. Para más inri, leo que los primos que la vieron en el cine tuvieron que enfrentarse al timo del 3D en forma de pantalla oscura. No pierdan el tiempo.


'Green zone': Las buenas intenciones no logran la cuadratura del círculo; esto es, que de la historia real sobre las falsas armas de destrucción masiva en Irak no puede salir una película de acción con ritmo y un héroe con la cara de Matt Damon. Paul Greengrass, el hombre detrás de los films de Bourne, tendría que haber elegido entre un film político o uno cañero, porque lo que le ha salido, aunque más o menos entretenido, resulta muy poco creíble.



'Balada triste de trompeta': Los primeros 40 minutos son lo mejor que he visto en materia de films españoles en años. Un prodigio de cine en mayúsculas con pulso firme, un espectáculo fascinante y un elenco en estado de gracia... hasta que la trama empieza a hacérseme cansina y repetitiva y todo me va pareciendo más de lo mismo. Hasta el desenlace en el Valle de los Caídos me parece un autoplagio -véase 'La comunidad' y 'El día de la bestia- y pierdo del todo el interés. Lo que no baja un ápice en todo el metraje es la intensidad de Antonio de la Torre, que ofrece una exhibición en toda regla.



'Kiss kiss bang bang': Iba yo durante años detrás de esta película, que se me pasó en su día, con bastantes ganas a tenor de lo leído sobre ella. Decepción total y absoluta. De hecho, la quité antes de acabar, cosa que (casi) nunca hago. Falso cine negro ambientado en Hollywood con toques de comedia y mucho guiño autorreferencial, como esos parlamentos a la cámara que quieren justificar lo injustificable. Lástima, porque la pareja Robert Downey jr. - Val Kilmer daba para una buddy movie en condiciones.


'Teniente corrupto': Otro remake que nadie había pedido. El original (1992), de Abel Ferrara, es una obra maestra sobre la bajada a los infiernos de un policía corrupto -inmortal Harvey Keitel- y su ansia de redención en una Nueva York cutre y hostil. Ahora, Werner Herzog ofrece algunos detalles lisérgicos -iguanas a tutiplén, un alma de bailoteo al abandonar un cuerpo- como para hacerse el raro y que la permanente mueca de estupidez de Nicolas Cage y su pelo implantado paseando por Nueva Orleans tengan sentido. Para retener, lo impresionante que está Eva Mendes, mare de déu.

Vídeo del día: 'Tenderly', AMY WINEHOUSE

lunes, 18 de julio de 2011

Que no me los engañen



Tenía buena pinta 'Falling skies' según los tráilers -sí, ya, como todo-, pero aquí su oráculo de confianza, visto el cuarto episodio, ha decidido que por favor paren el tren, que se apea. Por una parte me aburro, pero lo peor no es eso, sino el irritante tono moralista familiar que desprende la serie. Tampoco sé de qué me extraño, teniendo en cuenta que viene avalada por la producción de Steven Spielberg, cuyas dos mejores películas -'Tiburón' y 'La lista de Schindler'-son las que más limpias de niños están. Pero me fastidia y mucho.

Para los despistados, aclaro que 'Falling skies' es otra vuelta de tuerca al tema de la invasión alienígena. La acción empieza cuando ya hemos sido invadidos y los protagonistas forma parte de una resistencia organizada al estilo de la Revolución Americana. De hecho, el batallón, o escuadrón, o milicia, o lo que sea, es el 2º de Massachussetts. Nuestro protagonista es un profesor de Historia reconvertido en bravo soldado que combate junto a su hijo adolescente mientras el pequeño queda en retaguardia y el menor está secuestrado por los extraterrestres, que usan a los críos para vete a saber qué.

La madre murió en el ataque inicial, lo han adivinado. El héroe es lo mejor de la función; encarnado por Noah Wyle, el de 'Urgencias', que da el tipo convenientemente. Claro que no es culpa suyo que parezca muy joven para tener un hijo de 16 años, sobre todo si el vástago aparenta 21. Y el resto de personajes son tan arquetípicos que dan grima: el asiático guerrero, el negro de buen corazón, la hispana ultrarreligiosa, el jefe frío e insensible...

La maldita obsesión por los niños de la factoría Spielberg acaba por hundir la función. El look de 'Falling skies' no anda muy alejado del de 'La guerra de los mundos', pero lógicamente, el presupuesto para efectos especiales no es el mismo. No sería un asunto tan importante si el guión tuviera chicha, pero va a ser que no.

En definitiva, la serie promete una cosa pero ofrece otra muy por debajo de las expectativas. Ya lo saben, que no me los engañen.

Vídeo del día: The man who sold the world, DAVID BOWIE

viernes, 15 de julio de 2011

Hay otros mundos



Desaparecido el Summercase y convertido el FIB en una despedida de soltero para ingleses rijosos, mi horizonte festivalero se reduce en los últimos años al Primavera Sound. No me importaría ir algún año a Vitoria al Azkena, pero no hay ningún certamen ahora mismo en suelo patrio que me seduzca aparte de lo citado. Desde luego, nunca me había llamado la atención el Cruilla, que siempre me había parecido una convención perroflauta sin criterio musical ninguno. Un prejuicio como cualquier otro que, ya lo avanzo, me he quitado de encima dado que, con la excepción del inofensivo Jack Johnson, la mayor parte del cartel no hubiera desentonado en el Primavera.

Este año me encontré entre la espada y la pared. Ya se me escaparon Madness hace dos años -mira que ir al Sónar....; ellos, no yo- así que este año no había excusa: al Cruilla. Además, el mismo día contaba con las actuaciones de dos grupos bien diferentes que me interesan, Calle 13 y Deus. Me planto en el Fórum a las 9, hora prevista de inicio de los flamencos (de Flandes, se entiende), y un cartelito avisa de que por problemas logísticos su concierto tendrá lugar a las 2.30 de la madrugada. ¡Arrea!

Triste y desamparado, procedí a invertir en bebercio y pasar el rato lo mejor posible. Por ejemplo, no entraba en mis planes ver a Retribution Gospel Choir y no estuvieron mal del todo. Por poner peros, me parece de mal gusto tocar con el torso desnudo -y hay una ordenanza que lo prohíbe, ja- y en algunos momentos el trío se puso muy setentero en la acepción más plomiza de la palabra.

Sobre Calle 13, lamentablemente, no puedo opinar mucho. Aquello sonaba a rayos y, lo peor en un grupo que rapea, las voces eran ininteligibles. Enérgicos, dinámicos, pero indescifrables. Cuando me iba, ya fuera de la pérgola que asfixiaba el sonido, sonó ese pedazo de canción que es 'No hay nadie como tú' y aún se pudo escuchar más o menos algo. Lástima.

A cambio, la placidez de Nacho Umbert en un recoleto escenario, casi vacío pero a la vez acogedor, tuvo algo de balsámica. Mi tercera vez esta temporada, por cierto, pero lo acertado de que sus actuaciones sean breves, sobre todo en los festivales, juega su favor. Delicadeza, sensibilidad y excepcionales composiciones, con el ex Paperhouse a la guitarra acompañado por bajo, chelo y batería.

'¡Hey you, don't watch that, watch this! This is the heavy heavy monster sound'. Así empieza la más reconocible canción de Madness y así arrancó el concierto. Lástima que el sonido aún no fuera el mejor y que el saxo casi ni se oyera, pero en cualquier caso, pecata minuta dado lo que vino después. Con ese arsenal de canciones que tienen la hora y media de actuación pasó en un suspiro, y sólo tres temas menores en la parte central del bolo rebajaron la excelencia.

Así, me dio tiempo a pensar en que 'Our house' -grabada de la radio, ojo- sonaba en el walkman la primera vez que lo llevé al colegio o que uno de los singles que compré en mi adolescencia fue 'Wings of a dove'. Cayeron ambas y otros hits como 'House of fun', 'Baggy trousers' o 'It must be love' en versiones 100% fieles al original, con la banda ataviada con sus trajes y gafas de sol de toda la vida, como si aún estuviéramos en los años de la Thatcher. A mi corazoncito le sobrevino algo de desazón comprobar que no interpretaran 'Yesterday's men', 'Michael Caine' o 'Tomorrow's just another day', pero no se puede tener todo.

Vídeo del día: 'The prince', MADNESS

lunes, 11 de julio de 2011

Soul man




Hace 20 años, por decir algo, que una leyenda del pop, rock, soul, blues o similares visitara Barcelona era todo un notición del que uno se enteraba quisiera o no gracias a los pirulís diseminados por la ciudad. Daba igual que a ti el reggae te trajera al fresco, que si un venerable rastafari y su troupe pasaban por aquí, a poco que salieras a la calle te enterabas. Y yendo más allá, que en la misma semana coincidieran dos actuaciones de renombre era algo casi propio de la ciencia ficción. Tener que elegir por cuestiones presupuestarias era un problema que los melómanos no teníamos, y si alguien nos hubiera aventurado esta posibilidad, nos habríamos reído a gusto.

Todo esto me pasó por la cabeza hace unos días en Apolo durante la actuación de Booker T., un mito -de los de verdad, que se abusa mucho de esta palabra- del soul. Por si ustedes no caen, es el señor que, como Booker T. and the M.G.'s, lideró la banda que conformó el sonido Stax, el que se escucha en cientos de canciones de Otis Redding, Wilson Pickett o Sam & Dave. Y también el grupo que editó uno de los singles instrumentales más exitosos de todos los tiempos, 'Green onions'.

El veterano organista (66 años) se presentó en Apolo un viernes por la noche ante unas 120 personas en el momento de salir a escena; de ahí las elucubraciones anteriores. Pero los profesionales del show business siempre cumplen y no se arredran. Arropado por guitarra, bajo y batería, el señor Booker T. Jones ofreció una actuación irregular en cuanto a inspiración pero solvente en materia de oficio. Cantó algunas canciones, sonaron varios instrumentales y apareció sólo para dos temas -'Chain of fools' de Aretha y otra- una vocalista invitada. Como no sea pariente, no sé si le sale muy a cuenta llevarla de gira, pensé.

Hubo un momento en que me planteé si valía la pena seguir allí. Fue cuando el batería inició un solo, algo que debería estar penado por la Convención de Ginebra. Me distraje observando al respetable y calculando la proporción de turistas puretas con sandalias y calcetines. Luego, el guitarrista se quedó solo y atacó 'Little wing' de Hendrix, que empezó en modo exhibicionista-pesado y acabó mucho más acertado, con Booker al órgano en acertada comunión.

El resto de la actuación -unos 80 minutos en total- ya fue cuesta abajo picoteando en la inspirada discografía del teclista. Y fue un lujo degustar el bis con la barbilla apoyada en las tablas del escenario. Noche salvada.

Vídeo del día: 'Progress', BOOKER T.

miércoles, 29 de junio de 2011

Esto es vida


¿Cuántos libros sobre Keith Richards han leído ustedes? Ya, pues yo, dos. La 'Biografía desautorizada' que escribió Victor Bockris hace un par de años y 'Vida', la autobiografía dictada por el guitarrista y redactada por James Fox. Curiosamente, si piensan que la primera relata todos los excesos babilónicos del Rolling Stone mientras que la segunda limpia, fija y da esplendor a su buen nombre, se equivocan. A Keef le trae bastante sin cuidado su buen nombre -aunque persigue, literalmente, a quien escriba falsedades- y tampoco persigue lo contrario, es decir, nada de alimentar una leyenda negra de demonio superviviente.

Por partes. Musicalmente, para el fan stoniano o simplemente del rock'n'roll, la obra es una joya. Richards pasa revista a sus influencias como guitarrista y compositor y se explaya con su mayor aportación al arsenal del rock: la afinación abierta de cinco cuerdas. Para entendernos, el secreto del gruñido único que le saca a su instrumento, ése que hace que nadie pueda tocar igual que él 'Brown sugar' o 'Honky tonk woman'. Como curiosidad, su canción fetiche es 'Malagueña'; de adolescente, su abuelo le dijo que, el día que supiera tocarla, sabría tocar todas las canciones.

Desde un punto de vista personal, obviamente pasa por alto aquello sobre lo que no quiere entrar, como toda autobiografía, pero resulta bastante llamativo la suerte que ha tenido este tipo en cuestión de mujeres. ¿Que Jagger se lía con tu novia en un rodaje? Pues nada, tú te lías con Marianne Faithfull, la entonces chica del cantante. Por no hablar de la vida en la carretera y en lo que ahí acontece. Como que, entre los conocidos excesos babilónicos, te llamen de casa para decirte que tu bebé de dos meses ha fallecido de muerte súbita en su cuna.

En cuanto a retratos personales, siente debilidad por dos amigos fallecidos prematuramente, Gram Parsons y John Lennon. Curiosamente, recuerdo haber leído en una entrevista hace más de 20 años lo mal que le caía McCartney, pero ahora resulta que son buenos amigos desde que se encontraron casualmente paseando por una playa de una isla semiprivada del Caribe. De otro muerto, Brian Jones, se muestar ambivalente: era, dice, un gran músico genial e intuitivo, pero la fama le convirtió en un petimetre y no supo echar el freno cuando las drogas se comieron su talento.

Buena parte del volumen versa sobre su relación de amor-odio con Jagger, que ya dura 50 años. Resumiendo, según Keith, Mick es un sujeto con delirios de grandeza y obsesionado por estar a la última aunque pueda resultar ridículo. Después de que su manager Allen Klein les desplumara a finales de los 60 y tuvieran que dejar el Reino Unido a causa de la presión fiscal, el cantante tomó las riendas empresariales del grupo por su cuenta y riesgo. A Richards, en principio no le pareció mal que, mientras él se dedicaba a la cata de sustancias ilegales, su socio velara por los intereses del conjunto. Pero el día en que se desenganchó definitivamente de la heroína ya no le hizo tanta gracia, ay.

Por no hablar del cabreo monumental cuando a mediados de los 80 Jagger entendió que era el momento de convertirse en una estrella solista como Bowie, Michael Jackson o Madonna y aparcó una gira con los Stones para salir a presentar su segundo álbum en solitario sin dejar de tocar 'It's only rock'n'roll', Satisfaction' o 'Tumbling dice'. 'Quería romperle la cabeza', concede el guitarrista.

En cuanto a drogas, esto no es un libro: es la Enciclopedia Salvat del Colocón. Se aprende mucho, la verdad, pero nuestro hombre se cuida mucho de consejos, paternalismos o falsas moralidades. Él se lo ha pasado muy bien todos estos años, pero básicamente, porque tenía pasta y tomaba de lo bueno, lo mejor. Con otra calidad de material y, sobre todo, un cuerpo no tan privilegiado para asimilar los excesos, el amigo hubiera sido fiambre hace décadas. Él lo sabe, igual que sin un nutrido escuadrón de amigotes -que se han comido los marrones- y de abogados -que han lidiado con policías, fiscales y jueces- hubiera pasado parte de su vida a la sombra y no bajo una palmera precisamente.

¿Interesaría el libro a alguien que no sea un redomado fan como servidor? Pues sí, porque está bien escrito y resulta ameno. Ahora bien, no conozco biografía que no sea suceptible de leer unas cuantas páginas en diagonal.

Vídeo del día: 'Eileen', KEITH RICHARDS AND THE X-PENSIVE WINOS

lunes, 27 de junio de 2011

Juventud y madurez




Dos conciertos de la semana pasada vinieron a confirmar lo que ya sabía: hasta en cuestión de gustos, la juventud queda cada vez más lejos. En Apolo, The Pains of Being Pure at Heart ofrecieron un buen concierto de pop de guitarras saltarinas a tope de reverb, con melodías que evocan muy a las claras a Teenage Fanclub, The Pastels o The Jesus and Mary Chain. Los temas de su segundo álbum, 'Belong', sonaron como si éste fuera un apéndice de su debut homónimo, que les presentó como el hype del año en el Primavera Sound de 2009.

Lo malo es que pasado el efecto refrescante de la novedad, el poso es más bien escaso. La fórmula, aunque efectiva en un principio, tiende a sonar repetitiva en un concierto que a los 70 minutos intentaron dar por acabado, con lo que quedó claro que lo suyo no son las distancias cortas, sino cortísimas.

Y tampoco es que tengan un repertorio de clásicos imperecederos, sino un arsenal de píldoras de pop vitaminado, veloz pero con poca variación de sabores. Sí puntuó a favor del quinteto de Brooklyn una sonorización excelente desde el primer momento, con guitarras vociferantes y una voz casi en susurro que daba gusto escuchar desde el fondo del local. Hacia el tramo final del concierto, me asaltó la sensación de que si tuviera 19 años estaría en primera fila dándolo todo, pero que a estas alturas de partido The Pains of Naino Naino (una variación del nombre que ha hecho furor) no me van a hacer más feliz de lo que soy.

Por el contrario, Destroyer son una banda de sonido genuinamente adulto que me provoca, más que estados de felicidad desbocada, sensaciones de moderada satisfacción. El proyecto paralelo de Dan Bejar -uno de los pilares de esa maravilla llamada The New Pornographers- rezuma pop elegante, atemporal, con un aire setentero que en ocasiones recuerda a Steely Dan, Prefab Sprout o Roxy Music y que, con menos imaginación y más estribillos cansinos, sería carne de M80 Radio.

Veinticuatro horas después de la inmersión postadoleascente, en un Bikini con sólo un tercio de entrada (maravillosa amplitud), Bejar y siete cómplices reprodujeron los lujosos sonidos contenidos en 'Kaputt', su reciente trabajo, además de canciones anteriores en las que no estoy tan versado. Por cierto, muy curioso el que cinco de los ocho músicos llevaran camisas de cuadros que parecían salidas de un saldo en el centro comercial situado encima de la sala. También me llamó la atención la aparente papa que gastaba el líder del grupo y que, sin embargo, el sujeto no fallara una nota en toda la velada. Experiencia, imagino.

Vídeo del día: 'Chinatown', DESTROYER

jueves, 16 de junio de 2011

Clásicos revisitados

Como en materia cinéfila cada vez me resulta mas lejana la inmediatez, llevo unas semanas revisando films clásicos que vi en su día pero que, por diferentes razones, el cuerpo me pedía que les dedicara un segundo visionado. Como comprobarán, mi concepto de clásico quizás no resulte clásico.


Los duelistas' (1977): El debut como director de Ridley Scott anticipa la grandeza de obras como 'Alien' o 'Blade runner' y cuesta atribuirlo a quien perpetró 'La teniente O'Neill' o 'Gladiator'. A diferencia del tramo final de su carrera, el británico asume que "menos es más" y adapta un relato de Joseph Conrad sobre la enemistad durante lustros de dos oficiales napoleónicos con economía narrativa y de medios. Una ajustada ambientación y una iluminación magistral -el peso de 'Barry Lyndon' de Kubrick es evidente- acompañan una historia sobre un trasnochado concepto de honor más allá de toda lógica. Enormes Keith Carradine y Harvey Keitel como húsares y magníficas secuencias de duelos.



'Bird' (1988): Veinte años después de verla por primera vez, se me sigue haciendo algo pesada. No logro ver la obra maestra de Clint Eastwood que muchos dicen que es. Sí veo un melodrama algo cargante centrado en la vida marital y los excesos tóxicos del gran Charlie Parker, un papel hecho que ni a medida de Forest Whitaker. Lo mejor, las secuencias musicales y esa excelsa banda sonora. Lo peor, ese simbolismo premonitorio y subrayado tipo "estás yendo por el mal camino y acabarás mal".



'La cruz de hierro' (1977): Una de las mejores películas bélicas jamás filmadas. Y a la vez, uno de los mejores alegatos en contra de las guerras jamás rodado; el mejor, según Orson Welles. La ambición de un capitán de la Wehrmacht de noble raigambre prusiana por ser condecorado le lleva a pedir el traslado al frente ruso cuando los alemanes ya van de retirada tras el desastre de Stalingrado. Enfrente, el mítico sargento Steiner -tremendo James Coburn-, que por conocer tan bien la guerra la detesta, supondrá un obstáculo a sus ínfulas de gloria. Peckinpah no ahorra escenas truculentas, emplea su habitual cámara lenta para destacar el horror y rueda con las tripas el desastre desde dentro. Imprescindible.



'El sueño eterno': Seguir el argumento de cabo a rabo sin perderse no es meritorio, es imposible. Tramas que se abren y no se cierran y enigmas pendientes de resolución se suceden mientras el espectador da por buena su desorientación, embobado con las andanzas de Philip Marlowe, el legendario detective surgido de la pluma de Raymond Chandler. Bogart y Bacall enamoran a la cámara con un flirteo de alto voltaje erótico tamizado por la sutileza necesaria para burlar la censura. Mi diálogo favorito: "No es usted muy alto". "Hice todo lo que pude". Un clásico en sentido estricto.



'Desmadre a la americana': Bueno, es otro tipo de clásico, de los llamados 'de culto'. Su título es todo un hallazgo ('National Lampoon's Animal House' es el original) y pasa además por ser uno de los films más rentables de todos los tiempos, con 2,7 millones de dólares de presupuesto y 141 millones recaudados en diversos formatos. John Landis reclutó un grupo salvaje con lo más prometedor de la comedia americana -inolvidable John Belushi- y perpetró una alocada comedia sobre fraternidades universitarias que sentó las bases de todo un subgénero y ha alentado las ilusiones erótico-etílicas de más de una generación. ¿Quién no ha soñado con una fiesta toga en la que berrear 'Shout!' a pleno pulmón?


Vídeo del día: 'Louie Louie', THE KINGSMEN

viernes, 10 de junio de 2011

Sábado



Dimes y diretes y mensajes contradictorios de móvil me tuvieron un ratito en la puerta del Auditori hasta que al final entré a la actuación de John Cale, acompañadopor banda y orquesta de cuerdas, que repasaba su legendario álbum 'Paris 1919'. Con mi falta de tino habitual, llegué, me senté en una fila avanzada y pude asistir a la interpretación del último tema del concierto. Ya saben, lo del viaje y las alforjas.

Sobre Fleet Foxes tengo sentimiento encontrados. A veces me parece que, cuando están inspirados, enhebran más que tocan canciones tocadas por una rar sensibilidad; por el contrario, en ocasiones pienso que ya está bien de hippies y bucolismo campestre y maldigo el ejemplo que dieron Crosby, Stills and Nash. Ojo, sin Young, que el viejo Neil es sagrado. De todas formas, yo iba a lo mío, que era alimentarme, para luego emprender camino a las pantallas instaladas en el Llevant y contemplar embelesado cómo el Barça se coronaba campeón de Europa.

Para hacerse con el trofeo a 'lo mejor del día', no obstante, Pep y sus muchachos deberían haberse medido a P.J. Harvey, un choque, anticipo ya, de resultado incierto. Porque la muchacha-bueno, la mujer, qué demonios- está en un estado de madurez espléndida, ha crecido tanto como artista que puede editar discos de rock torturado, blues oligofrénico o simples nanas y no bajar nunca del 7,5. Llegué a toda prisa, con el show empezado, y tras cumplir el trámite de restregar cariñosamente el triunfo y mi camiseta a un merengue y un perico entré en faena y me sumergí en el mundo de Polly Jean.

La inglesa ofreció casi íntegro su reciente 'Let England shake' y rescató píldoras de alto octanaje emocional de todas las etapas de su carrera sin plegarse a la adoración festivalera. Es decir, sólo cayó un tema de su álbum más asequible ('Stories from the city, stories from the sea') y esquivó el highlight de 'Rid of me', que acostumbraba a incendiar las audiencias hace unos años. Pero su actuación deparó momentazos como 'Angelene' o 'Meet ze monsta'. Bravo por ella y su espíritu libre.

Las tensiones liberadas eran, acabado el bolo, una montaña abajo. Así que ya poco criterio musical había que aplicar. Vida social, charlas futboleras, la constatación de que Animal Collective me vienen grandes o puede que sean directamente un truño -y aún así repetiré el mes que viene- y, para cerrar noche y certamen, la Cocofiesta o tradicional sesión de despedida a cargo de DJ Coco, el residente de La 2 de Apolo. Tres noches de Fórum, tres días que he cerrado el evento. No está mal el balance para un homo festivalensis senior.

jueves, 9 de junio de 2011

Viernes



Tennis son de esos grupos que descubres gracias al PS. Las semanas previas te pones a cribar entre la oferta anunciada y luego, una vez anunciados los horarios, marcas los imprescindibles y escoges entre los nombres ignotos lo que más te motiva para llenar huecos. Así llegué a Tennis, banda de pop de guitarras oriunda de Denver, de la que, tras su pase en el escenario ATP del Fórum, puedo afirmar sin ambages que no cambiará la historia de la música. De hecho, me convencen más en disco, pecado mortal en su género.

Segunda coincidencia mortal: James Blake y M.Ward. Me fascina el debut del primero, pero las 20.30 es una hora muy temprana para su delicada visión del soul y el dub. Además, es un artista poco festivalero, en el sentido de que su propuesta de sonido minimalista casa poco con el público vocinglero que camina errante de un escenario a otro haciendo tiempo para la estrella de la jornada. Así que opté por M. Ward, con el añadido de verlo en zona noble mientras me sumía en los placeres de ese invento pequeñoburgués denominado merienda-cena.

El de Oregón es uno de los mejores exponentes de los que en los EEUU se entiende por cantautor, algo, gracias a Dios, alejado de ismaeles serranos y similares. Un tipo que escribe textos reseñables sin aparcar ropajes musicales que van más allá de do-re-mi y con cultura musical más allá de Pablo Milanés. Para los despistados, aclaro que M. Ward es el socio de la monísma Zooey Deschanel en el dúo She& Him.

Aunque sus álbumes traslucen más delicadeza que gasolina -busquen 'Post-War', de 2006,una maravilla- , el amigo se vio a las 8 de la tarde ante el mayor escenario del festival y optó por brindar al respetable su vertiente más veloz. Por ello ofreció un repertorio rugoso, eléctrico o, por qué no decirlo, festivalero. Hasta 'Roll over Beethoven' cayó, así que se pueden hacer una idea de por dónde fueron los tiros.

Mi mayor desilusión fue The National, grupo al que admiro sobremanera. La culpa no fue de ellos sino de la saturación de gente en el nuevo escenario, sobre todo a causa de que cuenta con un único acceso. En la zona más próxima a este lugar, el apelotonamiento no dejaba lugar a mucho más. Ahí admito que claudiqué y no tuve arrestos para plantar a mis acompañantes, pelear entre la masa, ganar el flnaco izquierdo y penetrar como cuchillo en la mantequilla en pos de un mejor emplazamiento. Y no me confundan con un fanático de los que quiere primera fila a toda costa. Es que lo vi desde detrás de la mesa de sonido. Total, que fui un flojo y lo pagué.

Lo que intuí -de hecho, ni me enteré de que salió Sufjan Stevens a cantar con ellos- fue un bolo soberbio me dejó en realidad más apagado que otra cosa. Pero me sobrepuse. No tenía tiempo para lloriqueos, porque en la otra punta del recinto aguardaban Belle and Sebastian. Y no sólo ellos: La Tercera Coincidencia Mortal ofrecía además a la misma hora a Twin Shadow, quizás el hype de este año, pero en cualquier caso, como en su día Vampire Weekend, The XX o The Pains of Being Pure at Heart, un hype merecido. Confiando en ver a Twin Shadow próximamente en sala, lo fié todo a los escoceses.

Que no estuvieron mal, aunque tampoco diría que fue una actuación maravillosa. Probablemente no sean la mejor banda que ver en directo a decenas y decenas de metros de distancia -ni ellos ni ninguna otra, claro-, pero como dijo un sabio, es lo que hay. Repasaron su disco del año pasado, pero también joyas del pasado como 'Dear catastropehe waitress' o 'The boy with the arab strap', y claro, se dejaron algunos ases por jugar, pero es que su baraja da para mucho. A mí me hubiera gustado 'Like Dylan in the movies', pero no se puede tener todo.

A continuación, un descubrimiento. No mío, sino del exquisito paladar del (en su día) hombre con más estudios de Briviesca (Burgos), que tuvo el tino de citarme en el bolo de Field Music, un excelente combo con las guitarras afinadas en clave de pop atemporal. No sabía absolutamente nada de ellos y ahora ya soy fan.

El semblante se me acabó de animar del todo con el retorno oficial -oficiosamente tocaron antes en Toulouse- de Pulp a los escenarios. Una de mis bandas favoritas de todos los tiempos, de nuevo en directo, 10 años después de verlos por primera vez. Desde el primer momento, a pesar de una sonorización mejorable, el carrusel de hits inapelables y gemas preciosas fue arrollador.

Hay quien se ha quejado de que interpretaran demasiadas canciones de 'Different class', uno de los mejores álbumes de pop nunca editados. Es como quejarse el día en que el Barça vuelva a jugar después de una década de que Guardiola alinee a Messi, Iniesta, Xavi, Pedrito o Villa y no a Bojan, Jeffren y Pinto. En fin, sonaron de otros discos temas como 'This is hardcore' o la inicial 'Do you remember the first time?', además de mi favorita -'Babies'-, pero el paroxismo llegó, obviamente, con ésa que todo el mundo sabe. Felicidad absoluta.

Superar o igualar tamaña descarga de emociones y de adrenalina era imposible y eran las 3.15 de la mañana. El resto de la noche se pasó en saludos, charlas, reencuentros y similares, el tramo final con bailoteo incluido en la sesión house de los dos DJs que se atrincheran bajo la denominación de Carte Blanche. Bailarrrrrrr.

miércoles, 8 de junio de 2011

Jueves



Vuelta al Fórum. Es curiosa la sensación de cada año el primer día de festival propiamente dicho cuando enfilas la rampa de acceso, te miran la bolsa, la pulsera, la tarjeta, y entras. Es un poco como volver a casa, aunque de acogedor tenga lo justo. Bueno, el tema de pagar el plus del abono VIP sí otorga ciertas comodidades que, cuando piensas en los años en que ibas con tu entrada normal, valoras un montón.

Este año abrí fuego con Sonny and the Sunsets en el nuevo escenario Llevant, emplazamiento situado a una distancia respetable del nudo gordiano del festival. Si habitualmente uno gasta suela en el Primavera a modo de bien, en esta edición se han batido todas las previsiones y he caminado en tres días más que en todo el resto del año junto. Bien, llego al lugar casi deshidratado por la caminata y resulta que un fallo informático afecta a las barras y no se sirve bebida durante casi tres horas, salvo en un par de barras del recinto y el interior de la zona VIP. Lógicamente, apenas me quedé a ver a Sonny y compañía y me dispuse a desandar lo andado, entrar en la zona noble, trasegar una cervecita y presenciar el show de Of Montreal.

Un grupo este al que nunca he prestado demasiada atención y sobre el que andaba mal informado. Los hacía yo más metidos en la indietrónica y sonidos más o menos abstractos cuando en realidad practican un electropop con abundante carga festiva. No sé si era lo más apropiado para las 8 de la tarde, pero fue entretenido. Y poco más.

Siguiente parada, conjunto mítico. Los P.I.L. con John Lydon a la cabeza son de esas bandas a las que te apetece ver desde hace lustros, pero que por otra parte temes que den una actuación enloquecida con un tipo transtornado al frente y peleándose con el mundo. Pues no fue así. Tras una primera parte que no seguí con demasiada atención -los problemas de ir en grupo-, poco a poco fui entrando en situación y maravillándome de cómo con apenas un trío de músicos -aunque abundantes cachivaches tecnológicos- el temible ex Sex Pistols insuflaba vida al punk funk del que fue pionero para acabar rematando con la infalible 'Rise' y la tremanda 'Open up', producto de su colaboracion con los electrónicos Leftfield en los 90. Estimulante.

Seguimos con nombres de postín. El gran Nick Cave era uno de los pesos pesados que aún no había pisado el PS -cuentan por ahí que no había feeling entre las partes-, pero este año el certamen se quitó la espina con Grinderman, el proyecto entre blues y hard rock del capo de los Bad Seeds y su compinche habitual, Warren Ellis. Aun en la lejanía de la distancia, monumental sesión de power blues -como decían Los del Tonos- con una banda flamígera y ese frontman desatado e inspirador que es Mr. Cave cuando se siente cómodo.

El siguiente paso me parecía lo justo. De hecho, pensaba acompañar a la manada, comprobar dónde se situaba a continuación escaparme a comprobar cómo de chalados están a estas alturas los dos componentes de Suicide. Pero entre una cosa y otra, y, sobre todo, lo cómodo que se estaba con el escenario Llevant a la tercera parte de su capacidad, me quedé a todo el concierto de Interpol, bolo que, en su versión extendida, ya había presenciado hace unos meses en el Sant Jordi Club. Bien, todo correcto, sin sorpresas.

Posteriormente, vino un rato de descanso y socialización con los Flaming Lips en la lejanía, certificando una vez más que sin confetti ni números paracircenses son un grupo de tres canciones y que la falta de voz de Wayne Coyne le incapacita para subirse a un escenario. Por Dios, que no los traigan más a ningún festival; el que quiera verlos, que se rasque ex profeso el bolsillo.

Perdida la oportunidad de acercarme a otear el witch house de Salem -sobre los que luego he detectado unanimidad: fue un desastre-, peregriné a catar las excelencias de El Guincho en directo, plato que aún no he desgustado. Error: Había acabado. Así, lo que restaba hacer antes de irse a casa era cerrar el festival dándolo todo en el show del que debería ser artista residente del fetival, Girl Talk. El rey del mash up montó un fiestón con su dominio del sampler y la remezcla, todo ello aderezado además con unas gogós que quitaban el hipo y no concedió ni un respiro a la masa bailonga que se retiró a casa exhausta.