miércoles, 29 de junio de 2011

Esto es vida


¿Cuántos libros sobre Keith Richards han leído ustedes? Ya, pues yo, dos. La 'Biografía desautorizada' que escribió Victor Bockris hace un par de años y 'Vida', la autobiografía dictada por el guitarrista y redactada por James Fox. Curiosamente, si piensan que la primera relata todos los excesos babilónicos del Rolling Stone mientras que la segunda limpia, fija y da esplendor a su buen nombre, se equivocan. A Keef le trae bastante sin cuidado su buen nombre -aunque persigue, literalmente, a quien escriba falsedades- y tampoco persigue lo contrario, es decir, nada de alimentar una leyenda negra de demonio superviviente.

Por partes. Musicalmente, para el fan stoniano o simplemente del rock'n'roll, la obra es una joya. Richards pasa revista a sus influencias como guitarrista y compositor y se explaya con su mayor aportación al arsenal del rock: la afinación abierta de cinco cuerdas. Para entendernos, el secreto del gruñido único que le saca a su instrumento, ése que hace que nadie pueda tocar igual que él 'Brown sugar' o 'Honky tonk woman'. Como curiosidad, su canción fetiche es 'Malagueña'; de adolescente, su abuelo le dijo que, el día que supiera tocarla, sabría tocar todas las canciones.

Desde un punto de vista personal, obviamente pasa por alto aquello sobre lo que no quiere entrar, como toda autobiografía, pero resulta bastante llamativo la suerte que ha tenido este tipo en cuestión de mujeres. ¿Que Jagger se lía con tu novia en un rodaje? Pues nada, tú te lías con Marianne Faithfull, la entonces chica del cantante. Por no hablar de la vida en la carretera y en lo que ahí acontece. Como que, entre los conocidos excesos babilónicos, te llamen de casa para decirte que tu bebé de dos meses ha fallecido de muerte súbita en su cuna.

En cuanto a retratos personales, siente debilidad por dos amigos fallecidos prematuramente, Gram Parsons y John Lennon. Curiosamente, recuerdo haber leído en una entrevista hace más de 20 años lo mal que le caía McCartney, pero ahora resulta que son buenos amigos desde que se encontraron casualmente paseando por una playa de una isla semiprivada del Caribe. De otro muerto, Brian Jones, se muestar ambivalente: era, dice, un gran músico genial e intuitivo, pero la fama le convirtió en un petimetre y no supo echar el freno cuando las drogas se comieron su talento.

Buena parte del volumen versa sobre su relación de amor-odio con Jagger, que ya dura 50 años. Resumiendo, según Keith, Mick es un sujeto con delirios de grandeza y obsesionado por estar a la última aunque pueda resultar ridículo. Después de que su manager Allen Klein les desplumara a finales de los 60 y tuvieran que dejar el Reino Unido a causa de la presión fiscal, el cantante tomó las riendas empresariales del grupo por su cuenta y riesgo. A Richards, en principio no le pareció mal que, mientras él se dedicaba a la cata de sustancias ilegales, su socio velara por los intereses del conjunto. Pero el día en que se desenganchó definitivamente de la heroína ya no le hizo tanta gracia, ay.

Por no hablar del cabreo monumental cuando a mediados de los 80 Jagger entendió que era el momento de convertirse en una estrella solista como Bowie, Michael Jackson o Madonna y aparcó una gira con los Stones para salir a presentar su segundo álbum en solitario sin dejar de tocar 'It's only rock'n'roll', Satisfaction' o 'Tumbling dice'. 'Quería romperle la cabeza', concede el guitarrista.

En cuanto a drogas, esto no es un libro: es la Enciclopedia Salvat del Colocón. Se aprende mucho, la verdad, pero nuestro hombre se cuida mucho de consejos, paternalismos o falsas moralidades. Él se lo ha pasado muy bien todos estos años, pero básicamente, porque tenía pasta y tomaba de lo bueno, lo mejor. Con otra calidad de material y, sobre todo, un cuerpo no tan privilegiado para asimilar los excesos, el amigo hubiera sido fiambre hace décadas. Él lo sabe, igual que sin un nutrido escuadrón de amigotes -que se han comido los marrones- y de abogados -que han lidiado con policías, fiscales y jueces- hubiera pasado parte de su vida a la sombra y no bajo una palmera precisamente.

¿Interesaría el libro a alguien que no sea un redomado fan como servidor? Pues sí, porque está bien escrito y resulta ameno. Ahora bien, no conozco biografía que no sea suceptible de leer unas cuantas páginas en diagonal.

Vídeo del día: 'Eileen', KEITH RICHARDS AND THE X-PENSIVE WINOS

lunes, 27 de junio de 2011

Juventud y madurez




Dos conciertos de la semana pasada vinieron a confirmar lo que ya sabía: hasta en cuestión de gustos, la juventud queda cada vez más lejos. En Apolo, The Pains of Being Pure at Heart ofrecieron un buen concierto de pop de guitarras saltarinas a tope de reverb, con melodías que evocan muy a las claras a Teenage Fanclub, The Pastels o The Jesus and Mary Chain. Los temas de su segundo álbum, 'Belong', sonaron como si éste fuera un apéndice de su debut homónimo, que les presentó como el hype del año en el Primavera Sound de 2009.

Lo malo es que pasado el efecto refrescante de la novedad, el poso es más bien escaso. La fórmula, aunque efectiva en un principio, tiende a sonar repetitiva en un concierto que a los 70 minutos intentaron dar por acabado, con lo que quedó claro que lo suyo no son las distancias cortas, sino cortísimas.

Y tampoco es que tengan un repertorio de clásicos imperecederos, sino un arsenal de píldoras de pop vitaminado, veloz pero con poca variación de sabores. Sí puntuó a favor del quinteto de Brooklyn una sonorización excelente desde el primer momento, con guitarras vociferantes y una voz casi en susurro que daba gusto escuchar desde el fondo del local. Hacia el tramo final del concierto, me asaltó la sensación de que si tuviera 19 años estaría en primera fila dándolo todo, pero que a estas alturas de partido The Pains of Naino Naino (una variación del nombre que ha hecho furor) no me van a hacer más feliz de lo que soy.

Por el contrario, Destroyer son una banda de sonido genuinamente adulto que me provoca, más que estados de felicidad desbocada, sensaciones de moderada satisfacción. El proyecto paralelo de Dan Bejar -uno de los pilares de esa maravilla llamada The New Pornographers- rezuma pop elegante, atemporal, con un aire setentero que en ocasiones recuerda a Steely Dan, Prefab Sprout o Roxy Music y que, con menos imaginación y más estribillos cansinos, sería carne de M80 Radio.

Veinticuatro horas después de la inmersión postadoleascente, en un Bikini con sólo un tercio de entrada (maravillosa amplitud), Bejar y siete cómplices reprodujeron los lujosos sonidos contenidos en 'Kaputt', su reciente trabajo, además de canciones anteriores en las que no estoy tan versado. Por cierto, muy curioso el que cinco de los ocho músicos llevaran camisas de cuadros que parecían salidas de un saldo en el centro comercial situado encima de la sala. También me llamó la atención la aparente papa que gastaba el líder del grupo y que, sin embargo, el sujeto no fallara una nota en toda la velada. Experiencia, imagino.

Vídeo del día: 'Chinatown', DESTROYER

jueves, 16 de junio de 2011

Clásicos revisitados

Como en materia cinéfila cada vez me resulta mas lejana la inmediatez, llevo unas semanas revisando films clásicos que vi en su día pero que, por diferentes razones, el cuerpo me pedía que les dedicara un segundo visionado. Como comprobarán, mi concepto de clásico quizás no resulte clásico.


Los duelistas' (1977): El debut como director de Ridley Scott anticipa la grandeza de obras como 'Alien' o 'Blade runner' y cuesta atribuirlo a quien perpetró 'La teniente O'Neill' o 'Gladiator'. A diferencia del tramo final de su carrera, el británico asume que "menos es más" y adapta un relato de Joseph Conrad sobre la enemistad durante lustros de dos oficiales napoleónicos con economía narrativa y de medios. Una ajustada ambientación y una iluminación magistral -el peso de 'Barry Lyndon' de Kubrick es evidente- acompañan una historia sobre un trasnochado concepto de honor más allá de toda lógica. Enormes Keith Carradine y Harvey Keitel como húsares y magníficas secuencias de duelos.



'Bird' (1988): Veinte años después de verla por primera vez, se me sigue haciendo algo pesada. No logro ver la obra maestra de Clint Eastwood que muchos dicen que es. Sí veo un melodrama algo cargante centrado en la vida marital y los excesos tóxicos del gran Charlie Parker, un papel hecho que ni a medida de Forest Whitaker. Lo mejor, las secuencias musicales y esa excelsa banda sonora. Lo peor, ese simbolismo premonitorio y subrayado tipo "estás yendo por el mal camino y acabarás mal".



'La cruz de hierro' (1977): Una de las mejores películas bélicas jamás filmadas. Y a la vez, uno de los mejores alegatos en contra de las guerras jamás rodado; el mejor, según Orson Welles. La ambición de un capitán de la Wehrmacht de noble raigambre prusiana por ser condecorado le lleva a pedir el traslado al frente ruso cuando los alemanes ya van de retirada tras el desastre de Stalingrado. Enfrente, el mítico sargento Steiner -tremendo James Coburn-, que por conocer tan bien la guerra la detesta, supondrá un obstáculo a sus ínfulas de gloria. Peckinpah no ahorra escenas truculentas, emplea su habitual cámara lenta para destacar el horror y rueda con las tripas el desastre desde dentro. Imprescindible.



'El sueño eterno': Seguir el argumento de cabo a rabo sin perderse no es meritorio, es imposible. Tramas que se abren y no se cierran y enigmas pendientes de resolución se suceden mientras el espectador da por buena su desorientación, embobado con las andanzas de Philip Marlowe, el legendario detective surgido de la pluma de Raymond Chandler. Bogart y Bacall enamoran a la cámara con un flirteo de alto voltaje erótico tamizado por la sutileza necesaria para burlar la censura. Mi diálogo favorito: "No es usted muy alto". "Hice todo lo que pude". Un clásico en sentido estricto.



'Desmadre a la americana': Bueno, es otro tipo de clásico, de los llamados 'de culto'. Su título es todo un hallazgo ('National Lampoon's Animal House' es el original) y pasa además por ser uno de los films más rentables de todos los tiempos, con 2,7 millones de dólares de presupuesto y 141 millones recaudados en diversos formatos. John Landis reclutó un grupo salvaje con lo más prometedor de la comedia americana -inolvidable John Belushi- y perpetró una alocada comedia sobre fraternidades universitarias que sentó las bases de todo un subgénero y ha alentado las ilusiones erótico-etílicas de más de una generación. ¿Quién no ha soñado con una fiesta toga en la que berrear 'Shout!' a pleno pulmón?


Vídeo del día: 'Louie Louie', THE KINGSMEN

viernes, 10 de junio de 2011

Sábado



Dimes y diretes y mensajes contradictorios de móvil me tuvieron un ratito en la puerta del Auditori hasta que al final entré a la actuación de John Cale, acompañadopor banda y orquesta de cuerdas, que repasaba su legendario álbum 'Paris 1919'. Con mi falta de tino habitual, llegué, me senté en una fila avanzada y pude asistir a la interpretación del último tema del concierto. Ya saben, lo del viaje y las alforjas.

Sobre Fleet Foxes tengo sentimiento encontrados. A veces me parece que, cuando están inspirados, enhebran más que tocan canciones tocadas por una rar sensibilidad; por el contrario, en ocasiones pienso que ya está bien de hippies y bucolismo campestre y maldigo el ejemplo que dieron Crosby, Stills and Nash. Ojo, sin Young, que el viejo Neil es sagrado. De todas formas, yo iba a lo mío, que era alimentarme, para luego emprender camino a las pantallas instaladas en el Llevant y contemplar embelesado cómo el Barça se coronaba campeón de Europa.

Para hacerse con el trofeo a 'lo mejor del día', no obstante, Pep y sus muchachos deberían haberse medido a P.J. Harvey, un choque, anticipo ya, de resultado incierto. Porque la muchacha-bueno, la mujer, qué demonios- está en un estado de madurez espléndida, ha crecido tanto como artista que puede editar discos de rock torturado, blues oligofrénico o simples nanas y no bajar nunca del 7,5. Llegué a toda prisa, con el show empezado, y tras cumplir el trámite de restregar cariñosamente el triunfo y mi camiseta a un merengue y un perico entré en faena y me sumergí en el mundo de Polly Jean.

La inglesa ofreció casi íntegro su reciente 'Let England shake' y rescató píldoras de alto octanaje emocional de todas las etapas de su carrera sin plegarse a la adoración festivalera. Es decir, sólo cayó un tema de su álbum más asequible ('Stories from the city, stories from the sea') y esquivó el highlight de 'Rid of me', que acostumbraba a incendiar las audiencias hace unos años. Pero su actuación deparó momentazos como 'Angelene' o 'Meet ze monsta'. Bravo por ella y su espíritu libre.

Las tensiones liberadas eran, acabado el bolo, una montaña abajo. Así que ya poco criterio musical había que aplicar. Vida social, charlas futboleras, la constatación de que Animal Collective me vienen grandes o puede que sean directamente un truño -y aún así repetiré el mes que viene- y, para cerrar noche y certamen, la Cocofiesta o tradicional sesión de despedida a cargo de DJ Coco, el residente de La 2 de Apolo. Tres noches de Fórum, tres días que he cerrado el evento. No está mal el balance para un homo festivalensis senior.

jueves, 9 de junio de 2011

Viernes



Tennis son de esos grupos que descubres gracias al PS. Las semanas previas te pones a cribar entre la oferta anunciada y luego, una vez anunciados los horarios, marcas los imprescindibles y escoges entre los nombres ignotos lo que más te motiva para llenar huecos. Así llegué a Tennis, banda de pop de guitarras oriunda de Denver, de la que, tras su pase en el escenario ATP del Fórum, puedo afirmar sin ambages que no cambiará la historia de la música. De hecho, me convencen más en disco, pecado mortal en su género.

Segunda coincidencia mortal: James Blake y M.Ward. Me fascina el debut del primero, pero las 20.30 es una hora muy temprana para su delicada visión del soul y el dub. Además, es un artista poco festivalero, en el sentido de que su propuesta de sonido minimalista casa poco con el público vocinglero que camina errante de un escenario a otro haciendo tiempo para la estrella de la jornada. Así que opté por M. Ward, con el añadido de verlo en zona noble mientras me sumía en los placeres de ese invento pequeñoburgués denominado merienda-cena.

El de Oregón es uno de los mejores exponentes de los que en los EEUU se entiende por cantautor, algo, gracias a Dios, alejado de ismaeles serranos y similares. Un tipo que escribe textos reseñables sin aparcar ropajes musicales que van más allá de do-re-mi y con cultura musical más allá de Pablo Milanés. Para los despistados, aclaro que M. Ward es el socio de la monísma Zooey Deschanel en el dúo She& Him.

Aunque sus álbumes traslucen más delicadeza que gasolina -busquen 'Post-War', de 2006,una maravilla- , el amigo se vio a las 8 de la tarde ante el mayor escenario del festival y optó por brindar al respetable su vertiente más veloz. Por ello ofreció un repertorio rugoso, eléctrico o, por qué no decirlo, festivalero. Hasta 'Roll over Beethoven' cayó, así que se pueden hacer una idea de por dónde fueron los tiros.

Mi mayor desilusión fue The National, grupo al que admiro sobremanera. La culpa no fue de ellos sino de la saturación de gente en el nuevo escenario, sobre todo a causa de que cuenta con un único acceso. En la zona más próxima a este lugar, el apelotonamiento no dejaba lugar a mucho más. Ahí admito que claudiqué y no tuve arrestos para plantar a mis acompañantes, pelear entre la masa, ganar el flnaco izquierdo y penetrar como cuchillo en la mantequilla en pos de un mejor emplazamiento. Y no me confundan con un fanático de los que quiere primera fila a toda costa. Es que lo vi desde detrás de la mesa de sonido. Total, que fui un flojo y lo pagué.

Lo que intuí -de hecho, ni me enteré de que salió Sufjan Stevens a cantar con ellos- fue un bolo soberbio me dejó en realidad más apagado que otra cosa. Pero me sobrepuse. No tenía tiempo para lloriqueos, porque en la otra punta del recinto aguardaban Belle and Sebastian. Y no sólo ellos: La Tercera Coincidencia Mortal ofrecía además a la misma hora a Twin Shadow, quizás el hype de este año, pero en cualquier caso, como en su día Vampire Weekend, The XX o The Pains of Being Pure at Heart, un hype merecido. Confiando en ver a Twin Shadow próximamente en sala, lo fié todo a los escoceses.

Que no estuvieron mal, aunque tampoco diría que fue una actuación maravillosa. Probablemente no sean la mejor banda que ver en directo a decenas y decenas de metros de distancia -ni ellos ni ninguna otra, claro-, pero como dijo un sabio, es lo que hay. Repasaron su disco del año pasado, pero también joyas del pasado como 'Dear catastropehe waitress' o 'The boy with the arab strap', y claro, se dejaron algunos ases por jugar, pero es que su baraja da para mucho. A mí me hubiera gustado 'Like Dylan in the movies', pero no se puede tener todo.

A continuación, un descubrimiento. No mío, sino del exquisito paladar del (en su día) hombre con más estudios de Briviesca (Burgos), que tuvo el tino de citarme en el bolo de Field Music, un excelente combo con las guitarras afinadas en clave de pop atemporal. No sabía absolutamente nada de ellos y ahora ya soy fan.

El semblante se me acabó de animar del todo con el retorno oficial -oficiosamente tocaron antes en Toulouse- de Pulp a los escenarios. Una de mis bandas favoritas de todos los tiempos, de nuevo en directo, 10 años después de verlos por primera vez. Desde el primer momento, a pesar de una sonorización mejorable, el carrusel de hits inapelables y gemas preciosas fue arrollador.

Hay quien se ha quejado de que interpretaran demasiadas canciones de 'Different class', uno de los mejores álbumes de pop nunca editados. Es como quejarse el día en que el Barça vuelva a jugar después de una década de que Guardiola alinee a Messi, Iniesta, Xavi, Pedrito o Villa y no a Bojan, Jeffren y Pinto. En fin, sonaron de otros discos temas como 'This is hardcore' o la inicial 'Do you remember the first time?', además de mi favorita -'Babies'-, pero el paroxismo llegó, obviamente, con ésa que todo el mundo sabe. Felicidad absoluta.

Superar o igualar tamaña descarga de emociones y de adrenalina era imposible y eran las 3.15 de la mañana. El resto de la noche se pasó en saludos, charlas, reencuentros y similares, el tramo final con bailoteo incluido en la sesión house de los dos DJs que se atrincheran bajo la denominación de Carte Blanche. Bailarrrrrrr.

miércoles, 8 de junio de 2011

Jueves



Vuelta al Fórum. Es curiosa la sensación de cada año el primer día de festival propiamente dicho cuando enfilas la rampa de acceso, te miran la bolsa, la pulsera, la tarjeta, y entras. Es un poco como volver a casa, aunque de acogedor tenga lo justo. Bueno, el tema de pagar el plus del abono VIP sí otorga ciertas comodidades que, cuando piensas en los años en que ibas con tu entrada normal, valoras un montón.

Este año abrí fuego con Sonny and the Sunsets en el nuevo escenario Llevant, emplazamiento situado a una distancia respetable del nudo gordiano del festival. Si habitualmente uno gasta suela en el Primavera a modo de bien, en esta edición se han batido todas las previsiones y he caminado en tres días más que en todo el resto del año junto. Bien, llego al lugar casi deshidratado por la caminata y resulta que un fallo informático afecta a las barras y no se sirve bebida durante casi tres horas, salvo en un par de barras del recinto y el interior de la zona VIP. Lógicamente, apenas me quedé a ver a Sonny y compañía y me dispuse a desandar lo andado, entrar en la zona noble, trasegar una cervecita y presenciar el show de Of Montreal.

Un grupo este al que nunca he prestado demasiada atención y sobre el que andaba mal informado. Los hacía yo más metidos en la indietrónica y sonidos más o menos abstractos cuando en realidad practican un electropop con abundante carga festiva. No sé si era lo más apropiado para las 8 de la tarde, pero fue entretenido. Y poco más.

Siguiente parada, conjunto mítico. Los P.I.L. con John Lydon a la cabeza son de esas bandas a las que te apetece ver desde hace lustros, pero que por otra parte temes que den una actuación enloquecida con un tipo transtornado al frente y peleándose con el mundo. Pues no fue así. Tras una primera parte que no seguí con demasiada atención -los problemas de ir en grupo-, poco a poco fui entrando en situación y maravillándome de cómo con apenas un trío de músicos -aunque abundantes cachivaches tecnológicos- el temible ex Sex Pistols insuflaba vida al punk funk del que fue pionero para acabar rematando con la infalible 'Rise' y la tremanda 'Open up', producto de su colaboracion con los electrónicos Leftfield en los 90. Estimulante.

Seguimos con nombres de postín. El gran Nick Cave era uno de los pesos pesados que aún no había pisado el PS -cuentan por ahí que no había feeling entre las partes-, pero este año el certamen se quitó la espina con Grinderman, el proyecto entre blues y hard rock del capo de los Bad Seeds y su compinche habitual, Warren Ellis. Aun en la lejanía de la distancia, monumental sesión de power blues -como decían Los del Tonos- con una banda flamígera y ese frontman desatado e inspirador que es Mr. Cave cuando se siente cómodo.

El siguiente paso me parecía lo justo. De hecho, pensaba acompañar a la manada, comprobar dónde se situaba a continuación escaparme a comprobar cómo de chalados están a estas alturas los dos componentes de Suicide. Pero entre una cosa y otra, y, sobre todo, lo cómodo que se estaba con el escenario Llevant a la tercera parte de su capacidad, me quedé a todo el concierto de Interpol, bolo que, en su versión extendida, ya había presenciado hace unos meses en el Sant Jordi Club. Bien, todo correcto, sin sorpresas.

Posteriormente, vino un rato de descanso y socialización con los Flaming Lips en la lejanía, certificando una vez más que sin confetti ni números paracircenses son un grupo de tres canciones y que la falta de voz de Wayne Coyne le incapacita para subirse a un escenario. Por Dios, que no los traigan más a ningún festival; el que quiera verlos, que se rasque ex profeso el bolsillo.

Perdida la oportunidad de acercarme a otear el witch house de Salem -sobre los que luego he detectado unanimidad: fue un desastre-, peregriné a catar las excelencias de El Guincho en directo, plato que aún no he desgustado. Error: Había acabado. Así, lo que restaba hacer antes de irse a casa era cerrar el festival dándolo todo en el show del que debería ser artista residente del fetival, Girl Talk. El rey del mash up montó un fiestón con su dominio del sampler y la remezcla, todo ello aderezado además con unas gogós que quitaban el hipo y no concedió ni un respiro a la masa bailonga que se retiró a casa exhausta.

lunes, 6 de junio de 2011

Miércoles



En años anteriores, los bolos pre y post Primavera Sound se celebraban en Apolo, con algún problema que otro derivado de las limitaciones de aforo de la sala. Este año, ambas jornadas llevaron el grueso de su programación al Poble Espanyol con el resultado, al menos el miércoles, de que la cola de gente que se quedó fuera sin entrar fue de órdago. Algunos, como el ínclito V., tuvieron paciencia y suerte y entraron a las 11 de la noche para ver una actuación de una hora y, de paso, hacerme compañía.

Cuando accedí al remedo de plaza castellana que es el centro de tan pintoresco recinto, aún no había empezado la actuación de Comet Gain, grupo que, por cierto, actuaba en el certamen gracias al empeño de los fieles integrantes del foro del Primavera, algo así como el The Kop del festival. La banda británica oscila entre el pop de guitarras de segunda mano y el soul descacharrado à la punk y su fórmula, contagiosa y apropiada para una tarde soleada, se vio algo deslucida por una sonorización con tendencia al crujido. Nada especialmente grave.

Uno de los nombres de este año para quien esto escribe eran Echo and the Bunnymen, que giran actualmente con un show centrado en sus dos primeros discos -'Crocodiles' (1980) y 'Heaven up here' (1981)- con el añadido de algunos hits en dos segmentos: entre los temas de un álbum y otro,y al final, como bis. Formato curioso, no cabe duda, y que requiere tiempo, porque dos LPs enteros y seis canciones más no son moco de pavo. Total, unos 110 minutos.

Que pasaron en un suspiro, porque ellos lo valen. Los dos supervivientes -y no es una metáfora- del cuarteto original comandan la banda con la maestría a prueba de bombas a la guitarra de Will Sergeant y el carismático desdén de Ian McCulloch entonando con menos voz pero haciendo suyas las canciones de modo que su interpretación no se resienta. Un artistazo. Mi único lamento obedece a que, a diferencia de anteriores actuaciones, no cayó una de mis 10 canciones favoritas de todos los tiempos en los bises. Pero sonaron joyas como 'Nothing lasts forever', 'Rescue', o 'Lips like sugar', así que reproches los justos.

El cierre de la velada no era de la misma vaina, como dicen en Venezuela. Caribou, autor de uno de los mejores temas de 2010, elabora en sus discos un pop electrónico más orientado a la deconstrucción que al estribillo llenapistas. Por eso, su directo repleto de clase y de savoir faire supuso una de las más agradables sorpresas de la semana. Una actuación dinámica y cargada de matices que no me importaría volver a ver (y escuchar) mañana mismo.

domingo, 5 de junio de 2011

Martes



De nuevo en Apolo, saltó la polémica con la actuación prevista del gran Eli Paperboy Reed, que se anunciaba con la coletilla 'playing his favourites' y no con 'and The True Loves', que es su banda habitual -magnífica- de acompañamiento. Vamos, que el mozalbete iba a desgranar al piano y la guitarra las canciones de todas las épocas que más le ponen, con acento, lógicamente, en los años 60 y el soul de sellos inmortales como Stax o Motown. Pero la masa que paga el abono de un festival quiere zapatilla, así que hubo cierta desoprobación al comprobar lo exiguo de la alineación.

Más problemas: No sé si el piano había estado bebiendo, pero el hecho es que no iba. Aclaro que me refiero a un aparato eléctrico, no a uno de cola. Así que la guarnición del menú fue siempre la misma, guitarra eléctrica tocada con una púa anillada al pulgar que se usa para tocar el banjo, el dobro y no sé qué más. ¿Aburrido? Ni por asomo. El de Massachussetts tiene arte, carisma y voz para entretener al respetable el tiempo que haga falta armado con una botella de Anís del Mono, así que nos descubrió algunas gemas semiolvidadas, echó mano de algún tema de su cosecha y nos puso la piel de gallina en más de un momento.

El handicap que sí costó superar fue la tendencia habitual de la gente al parloteo. En el cine, en los conciertos, la gente habla cada vez más, y sin modular la voz ni acercarse a la oreja del interlocutor. Esto, habitualmente, ya me cabrea y me desconcentra, pero el problema es especialmente delicado si la charleta corre a cargo de las propias amistades y estás situado frente al escenario en la posición de extremo izquierdo, rozando la línea de fondo. En fin.

Antes que Eli Paperboy Reed estuvieron sobre el escenario The Pepper Pots, combo gerundense de soul bastante reputado que, en mi opinión, resulta correcto y poco más. Las tres cantantes alternan protagonismo con relativa solvencia, pero instrumentalmente el grupo no consigue que la mecha prenda, a diferencia sin ir más lejos de otro combo local, The Confidents, orientado a los sonidos de los primeros 60s, si bien más marcados por el beat y el r'n'r. La aparición final de The Pepper Pots arropando al estadounidense no pasó de irrelevante, con una falta de actitud -imperdonable en el género- generalizada entre los que subieron.

Al término de la horita de actuación de Reed, el programa indicaba que era el turno de Garotas Suecas. No me pregunten, porque apenas vi cinco minutos antes de tomar la de Villadiego y no recuerdo bien el qué pero sí el cómo. Regular, como mucho.

Lunes



Jornada de calentamiento, algo descafeinada, para abrir boca el primer día de festival y actos satélites. Llegar a Apolo, que te pongan la pulsera -VIP, faltaría más-, entrar a una sala prácticamente vacía, la primera cerveza de la semana, esperar a Ó., las buenas viejas costumbres de cada año. Me perdí a Mountains (¿?) pero pude ver en inmejorables condiciones el breve pase -unos 40 minutos- de Nacho Umbert & la Compañía. Poco que añadir a lo visto hace unos meses en el Auditori: un artista sólido que bordea en imposible equilibrio los abismos de la emoción y los páramos de la monotonía.

Y luego, en vez de quedarme a ver un grupo del que me habían hablado bien -The Bitter Springs- y un valor seguro como el entrañable Darren Hayman -el que fuera líder de Hefner-, como mi acompañante (¡cobarde!) se retiró, opté por una postura conservadora a lo Maguregui: que queda mucho festival y si te quedas aquí solo te vas a desmadrar el primer día. Cosa que acabó ocurriendo aunque ya sin nada que ver con el PrimaveraSound; pero ésa es otra historia.